“En la venganza como en el amor la mujer es
más bárbara que el hombre”.
Fiedrich Nietzsche
En ese instante, unas manos enguantadas, pero heladas a pesar de ello, rodearon el cuello de Natalia. Ésta comenzaba a ahogarse y a respirar con dificultad.
“Está detrás de mí” Pensó la rubia, tanteando bajo el agua para coger el mango de la ducha y así golpear a la asesina, pero no lo encontraba.
La asesina fue apretando poco a poco el delgado cuello de su hermana.
Al fin, Natalia dio con el dichoso mango y lo agarró con fuerza durante unos minutos.
“A la de tres…” Meditó Natalia sosteniendo el mango de la ducha bajo el agua.
“… Uno…”
Ahora las manos de Aruka acariciaban el hermoso cuello de la joven. Natalia no podía verla, pero la asesina mostraba una mirada fija y latente hacia su víctima.
“…Dos…”
Las frías manos de Aruka volvían a presionar el cuello de Natalia, cada vez más fuerte hasta que su víctima dejara de respirar. En el rostro de la asesina se había formado una sonrisa de autosuficiencia, le encantaba aquel momento. Por fin podría terminar con la vida de Natalia. Pues la odiaba tanto como odiaba a sus padres, aquellos engreídos, egoístas, que sólo pensaban en su hija pequeña y a ella la tenían olvidada… Como si Susana nunca hubiera existido.
Natalia se estaba ahogando y, por si fuera poco, le estaba dando otro ataque de claustrofobia. Estuvo a nada de soltar el mango de la ducha, ya que las fuerzas que le quedaban se le estaban agotando.
“… Tres…”
Natalia sacó las pocas fuerzas que le quedaban y golpeó con el mango de la ducha a la asesina.
“Está detrás de mí” Pensó la rubia, tanteando bajo el agua para coger el mango de la ducha y así golpear a la asesina, pero no lo encontraba.
La asesina fue apretando poco a poco el delgado cuello de su hermana.
Al fin, Natalia dio con el dichoso mango y lo agarró con fuerza durante unos minutos.
“A la de tres…” Meditó Natalia sosteniendo el mango de la ducha bajo el agua.
“… Uno…”
Ahora las manos de Aruka acariciaban el hermoso cuello de la joven. Natalia no podía verla, pero la asesina mostraba una mirada fija y latente hacia su víctima.
“…Dos…”
Las frías manos de Aruka volvían a presionar el cuello de Natalia, cada vez más fuerte hasta que su víctima dejara de respirar. En el rostro de la asesina se había formado una sonrisa de autosuficiencia, le encantaba aquel momento. Por fin podría terminar con la vida de Natalia. Pues la odiaba tanto como odiaba a sus padres, aquellos engreídos, egoístas, que sólo pensaban en su hija pequeña y a ella la tenían olvidada… Como si Susana nunca hubiera existido.
Natalia se estaba ahogando y, por si fuera poco, le estaba dando otro ataque de claustrofobia. Estuvo a nada de soltar el mango de la ducha, ya que las fuerzas que le quedaban se le estaban agotando.
“… Tres…”
Natalia sacó las pocas fuerzas que le quedaban y golpeó con el mango de la ducha a la asesina.
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